Esopo
El gallo y la margarita

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Cierto gallo, con puntas de filósofo casero, acertó a encontrar una muy preciosa margarita en el mismo muladar en que andaba buscando de comer, y maravillado de verla en sitio tan inmundo, díjole de esta suerte:

     - ¿Cómo yaces aquí, habiendo tantas damas que con gozo se desprenderían de sus más preciadas riquezas, a fin de que tornases a tu prístino estado? Pero a mí, que de nada me sirves, holgárame en poderte trocar por un gusano, siquiera fuese tamaño como tú.

Semejante alhaja en poder del gallo era como el mejor de los libros en manos de un tonto.

El ratón, la rana y el milano

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En el apartamiento y soledad de una hermosa laguna vivían, gozando de envidiable dicha, un ratón y una rana. Más la pícara vanidad, que casi siempre nos ciega, fue parte a inspirarles el deseo de proclamar la individual soberanía de aquellos lugares.

     - Yo soy el dueño de la fuerza terrestre – decía el ratón.

     - Y yo de la fuerza naval – contestaba a su vez la rana.

Con ayuda de dos juncos puntiagudos trabaron encarnizada guerra en defensa de sus pretendidos derechos, y se habrían teñido de sangre las aguas de la sosegada laguna si cierto milano que atisbó lo ocurrido no hubiese fin a tal escena con un trágico desenlace: el de atrapar con sus garra a los contendientes y cenárselos aquella noche.

En intento de perjudicar a otros suele trocarse en nuestro daño y ruina.

El ruiseñor y el halcón

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Estaba cantando un ruiseñor en la copa de un árbol cuando, sorprendido por una halcón, fue víctima de sus garras. Echando mano de la astucia, único medio de que podía disponer, dijo de esta suerte el pajarillo:

     - ¿De qué sirven mis flacas carnes para una hambre tan grande como la tuya? ¿Por qué no empleas tus bríos en presas de mayor tamaño?

A lo que el halcón repiso, con risa de complacencia:

     - Buen tondo sería yo si soltara ahora lo que tengo entre mis uñas y me pusiera a buscar lo que quizá no fuese hacedero hallar en mucho tiempo.

Esta fábula confirma  aquel refrán que dice: “Más vale pájaro en mano que ciento volando.”

 

Fedro
Una vieja a un cántaro

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Yacía en tierra un cántaro vacío, y, ya fuese por las heces del vino o ya por lo exquisito de su barro, es lo cierto que despedía una suavísima fragancia.

Violo una vieja y, después de haberlo olido dijo así:

     - ¡Oh suave licor! ¿En qué alabanzas no me desharé al ponderar lo antes fuiste, mostrando todavía tales reliquias?

De las cosas buenas, aun sus vestigios nos deleitan y cautivan.

Dos calvos

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Un calvo se encontró pos casualidad, en medio de la calle, un peine; llegósele otro tan calvo como él, y dijo:

     - ¡A la Parte, a la parte!

Mostrando el primero su hallazgo, añadió después:

     - Está visto; los dioses han querido favorecernos; nás por nuestra mala ventura hemos hallado, como se dice, carbones en lugar de un tesoro.

Esta reflexión viene como de molde al que ve frustrarse una a una sus más caras esperanzas.

No todas las cosas sientan bien a todos.

 

La Fontaine
La zorra y las uvas

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Cierta zorra gascona, aunque otros dicen que era normanda, medio muerta de hambre, vio en lo alto de una emparrado racimos bermejos que parecían ya maduros. De buena gana se hubiera regalado con ellos; pro como no podía alcanzarlos, dijo:

     - Aún están verdes: sólo sirven para agraz.

El cisne y el cocinero

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En un corral repleto de volátiles vivían un cisne y un ganso; aquél destinado para recrear los ojos de su dueño; éste  para deleite de su paladar. Presumía una ser huésped favorito del jardín, y el otro de la casa. Convirtiendo en paseo el foso de la  quinta, surcaban juntos el agua y se zambullían en ella, sin olvidar por eso sus emulaciones y rivalidades.

Un día el cocinero había empinado el codo al cisne por el ganso. Cogido lo tenía por el cuello, y ya iba a degollarlo cuando el pobre animal rompió a cantar, plañiéndose y lamentándose. No fue poca la sorpresa del cocinero al notar su engaño.

     - ¡Cómo! – exclamó -, ¡Iba a meter en la olla a un  cantor tan excelente! ¡No quiera Dios que corte la garganta a quien hace tan buen uso de ella!

En los peligros que sin cesar nos acosan. Nunca está de sobra el hablar bien.

La gallina de los huevos de oro

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La avaricia rompe el saco. Para probarlo me basta el ejemplo de la gallina que, según cuenta el apólogo, ponía huevos de oro. Su dueño creyó que tenía el tesoro dentro del cuerpo; la mató, la descuartizó, y la encontró enteramente igual a las demás gallinas. Así perdió su fortuna.

¡Buna lección para los codiciosos! En estos tiempos, ¡a cuántos hemos visto que, por querer hacerse ricos de la noche a la mañana han quedado sin blanca!

La zorra y el busto

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Los grandes en su mayoría son como máscaras de teatro. La apariencia se impone al vulgo. El jumento sólo juega por lo que ve en ellas; la zorra, por el contrario, las examina a fondo, volviéndolas a un lado y otro lado, y, cuando observa que no tienen más bueno que el exterior, les aplica la sentencia que el busto de un héroe le sugirió en cierta ocasión. Era un busto hueco, de tamaño mayor que el natural. La zorra, elogiando el mérito de la escultura, dijo:

     - ¡Hermosa cabeza! ¡Lástima que no tenga seso!

¡Cuántos bustos de éstos hay entra la gente de alto copete!